[D Memoria [amarga] de mí (2005)]

 

 

2 de agosto de 2005, martes

Hoy es fiesta en mi pueblo. En Cerralbo, en las tierras salmantinas del Abadengo, se celebra hoy la festividad de Nuestra Señora de los Ángeles, conocida popularmente como Los perdones o, simplemente, la fiesta de Perdones. A estas horas, cuando escribo frente a la mar de Ulises en una tarde pálida de agosto, estarán en el ejido subastando las roscas de las madrinas, mientras los jóvenes piensan ya en el baile de la noche, junto al frontón o, si el tiempo no acompaña, en el granero. Son otros jóvenes y es otro tiempo.

En Cerralbo pasé mi infancia y fue el lugar del eterno retorno hasta bien entrada mi mocedad. Allí estaban los amigos de siempre y el paisaje donde reconocerse y reconocer también a los demás, inmutable al paso del tiempo, ensimismado y único. Y fueron muchos los San Antonios y los Perdones esperando, cuando niño, que llegara el caramelero con su carrito de almendras garrapiñadas, peladillas o pequeños juguetes y cachivaches de a peseta. Y después, en otros agostos, trasegando medios y jariguays —neologismo imposible que designaba cualquier mejunje que pudiera servirse en la barra de un bar— hasta la hora de la verbena y el cortejo.

En Cerralbo asistí a la escuela hasta los diez años. Escuela unitaria con enciclopedia y crucifijo. Primero, con don Abilio que intentaba enseñar algo de provecho a los chavales del pueblo, todos juntos, desde los seis hasta los catorce años —doña Magdalena, mientras tanto, atendía a las niñas con su rictus de soltera encelada y sin cuidado—; después, el maestro fue don Eduardo, ya juntos muchachos y muchachas, separados tan sólo por la frontera de la edad. Escuela con puntero que señalaba el mapa o marcaba con inquina nuestra piel inocente. Escuela con recreo y balón de reglamento. Escuela donde compartir los primeros secretos con manchas seminales detrás de la pretina. Allí aprendimos que la vida nos esperaba libre —aunque no lo supiéramos— fuera de aquellos ventanales, más allá del tintero y la plumilla, del cabás y el pizarrín.

En Cerralbo sufrí por vez primera mal de amores, paseando en silencio desde el cruce de Olmedo hasta el viejo convento devastado, y otra vez de regreso hasta el puente de piedra, más allá de la cruz. Sonrío ahora recordando aquel desvelo adolescente por verla aparecer, contra la tarde, y el rubor de una cercanía imaginada al compartir el camino con todos los amigos.

En Cerralbo celebré mi entrada en quintas. Con Tomás y con Conchi, con José, con Vidal, con Raquel… Fiesta de quintos con pañolones cruzados sobre el pecho y cintas multicolores colgando del sombrero. Con carros enramados y mulas con jaeces. Con cohetes y baile y, el lunes de pascua, el hornazo junto al río.

En Cerralbo se quedó el surco de mi niñez adormecida. Y la huella lejana de una realidad nunca vivida, territorio ilusivo para la melancolía, lugar propenso para el sueño a la intemperie de mi viejo corazón.