[De Triste es el territorio de la ausencia (1998).
Premio Internacional de Poesía “Blas de Otero 1997”]

 Ved que todo es infancia :
 la verdad que es silencio para siempre.

Claudio Rodríguez

 

I

Aquella sería para siempre la casa del padre,
donde el tiempo no existió y los paisajes son
mágicos recuerdos. Allí transcurrieron los años
de la infancia -entre amor y despedidas-
con su presencia constante y protectora
.

He regresado hoy
recobrando paisajes
a la casa perdida
en el filo del tiempo.
Allí estaban los años
de tristeza y de juego,
las nostalgias heridas
de mi madre y su ausencia,
las tardes de verano
bajo el nogal antiguo
de canciones y cuentos.
Allí estaba el misterio
de las viejas alcobas,
el desván polvoriento
con el eco sonoro
de temores y risas,
la soledad atroz
de tanta despedida.
Y todo lo cubría
la presencia de ella,
amorosa y distante,
como diosa que sabe
acariciar la aurora
—constante su palabra
inventando mi mundo—
o amasar los silencios
en la casa perdida
en el filo del tiempo. 

 


 II

Siempre vestida de negro, con sus manos cálidas
y la ternura brotando de sus ojos, ella sola era el
hálito de vida de todo lo que en la casa era para
mí cercano y entrañable
.

 

Mientras todos dormían
he regresado al tiempo
de las voces perdidas,
allí estaba su sombra                                                    
recorriendo la noche,
levemente amorosa
en el gesto del agua.
He seguido su rastro
por las viejas estancias,
la mirada y las manos
como alados recuerdos
entre tules y linos
del salón y la mesa,
la caricia ligera
de su voz olvidada.
Sólo el áspero aroma
de la noche en silencio
se ha quedado en mi boca
y un sabor de nostalgias. 

 


 III

Ahora, desde la luz de la memoria, es
como si en el territorio de la infancia se hubiera
abolido el tiempo y todos los años hubieran sido el mismo:
un año prolongado y mágico.

 

El pueblo de caminos
y cuestas empinadas
testigo fue en silencio,
en muda lejanía,
de risas y promesas,
de futuros abiertos
a un incierto mañana
con la aurora vencida.
Las paredes de piedra,
los pasillos oscuros,
las ventanas sin rejas
abiertas al paisaje
y nosotros hundidos
en la inmensa penumbra
vagando como sombras
por fin reconocidas.
Seguimos las estrellas
bajo el cielo en la noche,
cruzamos las distancias
de tiempos y de mares,
abrimos esperanzas
entre el alba y el día.
Después, tras tanto tiempo
tentando la memoria,
nos quedan los caminos,
las paredes de piedra,
la mudez de las cosas,
la palabra encendida.

 


 IV

Al lado del pozo estuvo siempre el viejo
nogal, altivo e inmóvil al paso de los
días. En verano, a su sombra, contábamos
historias o bailábamos las tabas.

 

Apenas queda nada
de mi mirar de niño
ni queda apenas tiempo
testigo de los días
cuando sin más ni más
allí fuimos felices.
He buscado en el último
rescoldo del invierno
y en las vasijas tristes
quebradas por la espera,
en el vértice mismo
del recuerdo olvidado
y en la vieja memoria
verdecida de hiedra,
he buscado sin rumbo
un atisbo de nada,
un resquicio de vida
en el umbral del miedo,
y sólo a ti te encuentro,
viejo nogal, eterno.

 


 V

Por más que busco sus rostros en el más hondo
rincón de mi memoria y registro los bolsillos
secretos donde guardé un trozo de mi infancia,
no puedo hallar el gesto aquel de Tomás en el
juego, la mirada de Esme o el sufrir del Gordito.
Aunque busco sus rostros…

 

Os busco en los espejos transparentes,
limpios de azogue, almas silenciosas,
y sólo soledad hay en su fondo.

Os busco en las estancias de la casa,
allí donde crecimos a la vida,
y sólo hay soledad en la penumbra.

Os busco en los jardines, en la noche,
laberinto de amores y conjuros,
y soledad tan sólo hay en las frondas.

En la soledad os busco decidido
y sólo soledad hallo en el medio
del ansia de vivir a contratiempo.

 


VI

Como aquel viejo grabado, otras muchas cosas
quedaron adormecidas en el hondón de la memoria
y hoy se revelan como la respuesta última
a un tiempo recobrado y que quisiéramos
salvado del olvido.

De todas esas cosas
que a veces nos rodean
yo prefiero sin duda
las que menos importan,
aquellas que guardamos
en armarios perdidos,
antiguas alacenas,
aquellas que olvidadas
regresarán un día,
después de mucho tiempo
tanto dolor
cuanta ternura
pondrán en nuestras manos,
nos dirán que son ellas,
esas cosas humildes
que a veces nos rodean,
las que hicieron posible
el recuerdo constante,
la mirada furtiva,
el paso de los días,
la voz de la existencia,
esas cosas sencillas
de tanto cotidiano
manejo en las palabras
después de este camino,
al fin sobre el ocaso,
serán la voz sincera
y el eco del pasado.

 


 VII

 A veces, en la noche, deseos y recuerdos se confunden
en la niebla del tiempo. A veces, la realidad no termina
en la simple línea fronteriza de los sueños.

 

Subimos una noche,
era invierno en Cerralbo,
entre risas y besos
y por calles oscuras
a la vieja alameda
en el arco del tiempo.
Aún recuerdo tus manos
y el calor de tu boca,
aún recuerdo tu risa
y el sabor de tus labios,
aún recuerdo tus ojos
y la luna de enero
reflejando silencios,
bajo el cielo en la noche
que ocultaba los besos.
Cuando ahora te busco,
un septiembre de lluvia
en el fondo de un verso,
sólo encuentro el aroma
—me llegó en una carta—
de la flor del romero.

 


VIII

Hoy estoy seguro que descubrí la vida en las palabras
de aquellos hombres que hablaban a la puerta
de la taberna con anchas sílabas de tierra. Solemnemente
hablaban del trigo y de la lluvia, del vino y la cosecha.
Sus palabras —ya mías— quedan en el recuerdo como
paloma de luz en un revuelo.

 

Yo hice el mundo en mi lengua castellana
y aprendí el nombre exacto de las cosas
—madre, tierra, silencio,
hermano y compañía—,
supe entonces que sólo las palabras
eran de cuanto existe la medida.
El mundo se hizo en mí
a fuerza de palabras
y el verbo transformado en realidades
fue de pronto madera,
canción y sentimiento.
Nada quedaba fuera de los nombres,
las plantas se nombraban una a una,
los pájaros, el fruto de los árboles,
el nombre conseguido de los nombres.
Supe entonces que todo era ya mío,
que nada se escapaba a la palabra,
era entonces mi mundo
de luz y de esperanza.