[De Morfina en el corazón (2003).
Premio Internacional de Poesía “Rafael Morales”]

 

 

En el principio…

 

Cuando por vez primera abras este libro, que camina ahora ingrávido por la línea del cielo donde mueren decapitadas las golondrinas,
cuando por vez primera te acerques a esta página, atrio de sombras en el templo imposible que la memoria consagra al alacrán,
recuerda que en las palabras que ahora cruzan por tus ojos, tal vez en un instante de muerte prematura, alguien dejó la estela del deseo jamás atormentado, halo del tiempo, navegante sin rumbo,
la voz que ya te empuja hacia el torbellino que oculta las puertas del abismo, hacia el pozo sin fondo de esa mirada tuya que contempla las palabras que ahora escribo, molinetes girando en el hueco del tiempo, palabras a la espera de la suerte contraria, el gesto decisivo entregado al otoño,
recuerda, alguien dejó para ti el camino y la navaja, la piedra de una honda solitaria y el aroma verdecido del ajenjo,
para ti el cemento y el andamio,
para ti los rumores metílicos del aire, la maldición oculta en las palabras, en cada letra un dedal de hiel y de amapola,
palabras que motean la página que indolente acaricias en un jueves cualquiera con luz tras las ventanas.
Recuerda, como recuerda el viento la cintura estremecida de los álamos, que estás abriendo la puerta que conduce hacia la estancia amarga donde se gangrena la memoria:
olvidar el dolor que nunca laceró tu pobre corazón inmaculado, el           castigo punzante que desgarra tu vientre como el tallo de un jazmín,
recordar lo que jamás imaginamos, no poder regresar al lugar aquel donde una vez fuimos felices,
olvidar y mentir con la lengua azul de la memoria, porque siempre en el principio estuvo el agua, palabras para inventar lo que el reloj destruye, para levantar los muros de mi casa, allí donde guardar el gemido amniótico, el latido auroral del primer hombre,
recordar y construir el mundo que otros habitaron, tu patria, aunque quisieras nacer  la orilla contraria de mis versos, el lecho donde se pudren las noches que terminan en náusea y desengaño, el destino inevitable de tus pies ya cansados.

Yo quise escribir el conjuro definitivo que amortigüe la catástrofe, escribir sobre el barro que señala el camino del destierro una oración que fuese epitafio y salmodia,
yo quise ser filtro y hechizo en las palabras y no soy sino lo que tú quieres,
tú, que me tienes cogido entre las manos, apresado en tu avidez de humo, encadenado al poema que presientes, que se pierde en los pliegues de un verso encabalgado, creciendo enloquecido más allá de una línea, recibiendo afluentes en caudal desbordado,
prisionero indefenso de tu propio capricho, así estoy ahora,
así me tienes, puedes cerrar el libro y cubrir de ceniza la inmensidad del cielo,
puedes darme posada en el mismo cobijo donde agoniza envuelta en sangre tu infancia destruida,
puedes conducirme maniatado hacia la tierra de nadie —el infinito— para purgar de soledad mi sed de sombra,
así me tienes, dispuesto a rendir ante ti todas mis armas,
a envenenar tu aliento con la mirada oblicua de todo lo ignorado, lo perdido al andar esta jornada, las sombras que olvidaste, los paisajes borrados del telón de la vida, lo que escondes, oculto, tras el gesto infantil de los retratos,
a envenenarme yo al aire de tu nombre, de pasado y presente en fulgor de palabras, palabras que conjuran el desastre, filtro y hechizo, oración que me salva, antídoto para la densa ebriedad de mi abandono, plegaria y sortilegio, aquí están, aquí estoy,
recuerda, yo quise escribir lo que está escrito, antiguas profecías que esperan la certeza, lo que nadie escribió, la sangre de un suicida que rubrica el poema,
aunque quizá quise escribir lo que ahora escribo, para mí, para ti —tal vez la misma imagen que refleja el cristal—,
para huir emboscados en palabras y versos,
huyendo, siempre huyendo, no somos más que lo que fuimos en suma inacabable de presentes,
aquí estoy, plegaria y bebedizo, huyendo, siempre huyendo, la imagen que se refleja en el cristal.

Y nunca olvides que tú no existías hasta que yo te hube imaginado para que posaras tus ojos sobre el espejo que ahora te contempla, tras el que escondo el temblor absurdo de mis manos,
espejo en el que buscan refugio los sacrílegos,
luna donde reflejan el miedo los insomnios,
la transparencia de un jueves cualquiera tan cercano dibujado en la cal de la pared.
Mas si yo dibuje tu imagen en la noche, tú, en este momento, cuando recorres mi caligrafía trémula de invierno —huérfanos los días y frío en las alcobas—, eres el dueño que esperaba mi ansia adormecida,
dueño de aquel instante, de la hora nocturna junto al mar en que escribo para ti lo que me dicta el pulso del espanto,
dueño del destino secreto de mis versos,
caminante perdido sin destino de estrellas cruzando los senderos que abro para ti,
y para que tú la violes sagradamente he ahí a la vida, envuelta en mis palabras,
nada más allá, la desolación es muralla que salva la esperanza,
nada más allá de este poema, acaso un vasto desierto de voces que nadie pronunció, acaso un mar de nombres calcinados,
nada más allá, tu eres mi dueño, nada, nada más allá, nunca lo olvides, en este poema cabe lo que tú imaginabas, todo cabe y nada hay más allá, nada más, allá no hay nada, nada, no lo olvides, nada.