[De Cómo otros tienen una patria (2007).
Premio Internacional de Poesía “Ciudad de Salamanca 2006”]

 

 

[Aunque camine sin rumbo…]

 

Aunque camine sin rumbo por el prólogo inquietante de un deseo, por el prefacio inútil de los años que uno tras otro inevitables pasan,
aunque atónito me pierda en el acorde culpable de un relámpago, en el relincho impuro de un caballo en celo,
aunque cubra mi soledad desamparada con el hábito azul de las certezas, con la curva orgullosa donde se oculta el alma de los dioses,
aunque tapie el vacío de lo cóncavo con el miedo infantil de lo convexo,
aunque me venza tantas veces el cansancio,

yo sé quien soy,
yo sé quien soy y sé de donde vengo.

Mis antepasados sembraron el camino e hicieron del adobe hogar y amparo, luz del carburo, esperanza del hambre, mis antepasados inventaron la vía láctea y la ternura, el hierro y la canción en flor de espiga,
esos muertos míos que contemplan mi rostro testaron para mí su sufrimiento, el sudor y el arado, el corazón atravesado por gemidos sacrílegos, el calvario del pobre sin pan y sin historia,
aquellos hombres labraron mi conciencia, amasaron mi carne con manos amorosas, manos de mujeres de eternidad y luto, manos de madre, de arcilla, de tormento,
mis ojos son reflejo de sus ojos, mi pan producto de su hambre, mis palabras el grito de sus labios,
mis antepasados, muertos míos, hombres de lumbre y carámbano y dolor,

yo sé quien soy,
yo sé quien soy y sé cual es mi sitio.

La memoria es el territorio de la ausencia, memoria para tejer el lino y la sarga donde duerme el recuerdo, ausencia y humo, piel y escalofrío,
mi memoria se viste de pretérito para hablarme al oído, muy bajo, un bisbiseo,
la memoria es la brasa, es el carro, es la lanza, piedra que golpea sobre el vértigo de este vivir a rastras, la dignidad de quienes no tuvieron otra cosa que su orgullo y su pena,
mi memoria es la llave para abrir el lugar que a mí me toca, el sitio donde clavar los pies y resistir los envites astados del olvido,
mi memoria es de sangre, roja como la sangre, como la sangre roja, mi memoria, mi sitio,

yo sé quien soy,
yo sé quien soy y sé porqué yo escribo.

Para grabar con tinta incandescente —caligrafía indeleble que mana del espanto— la palabra justicia sobre el vientre de los poderosos, sobre el aterido aguijón del alacrán, sobre la frente añil de la ignominia,
para arropar mi soledad con frazadas de sílabas, palabras para tapar la oquedad aristada del invierno, frío en el corazón, palabra y lumbre, fuego para derretir los hielos de diciembre, solsticio en el alma, ay, una manta que cubra mi pobre desabrigo,
escribo contra el silencio y la amnesia y el alivio sepulcral de los vencidos, contra la mirada tangente del centauro, contra el gesto otoñal del humillado, contra la luz cenital de las verdades, contra la hiel derramada de los patriarcas,
sí, piedra y lignito, barreno y honda, para vencer el peso insalvable de la muerte, esa muerte pequeña que baja las escaleras a mi lado, que bebe de mi copa, que fuma mis cigarros, frente a la muerte escribo para salvar de sus huellas mi camisa,
contigo, con tus besos, con tu dulce corazón y flor de mayo, a tu lado, contigo, para ti, para todos los que saben del llanto y las ortigas, fermento y cal, de la llanura interminable del deseo, para ti, para ellos, mis versos, mis entrañas, mis caricias, mis manos,

yo sé quien soy,
yo sé quien soy, nadie se llame a engaño.

 

 

 


[Vuelvo la vista una vez más…]

 

Vuelvo la vista una vez más, mirar hacia atrás ahora que el camino se halla traspasado, repartido el camino, recorrida ya la senda en que se aprenden las claves del dolor y de la vida, ay, bastante más allá de cuando el Dante escribiera solemne  y demediado Nel mezzo del cammin dì nostra vita mi ritrovai per una selva oscura,
vuelvo la vista sin saber adónde, tan sólo por detenerme en un momento y contemplar la distancia y el sendero:
hoy, cuando me siento vivido y trasegado, en esta hora en que claman las ausencias y regresan a mi voz brezo y tomillo perfumando la piel acariciada,
hoy, a la hora del rezo y de las ánimas vuelvo los ojos con nostalgia  —el regreso al dolor—, vuelvo los ojos y miro el horizonte que se pierde azulado entre la bruma donde duermen memoria y flor de jara:
la memoria se queda adormecida al compás de la incuria y del silencio donde florecen el sueño y la penumbra,
mi memoria  arrullada por el agua, agua que breza el tiempo, tiempo y porfía, memoria que no me pertenece, vereda y flor de jara,
la memoria es el aliento de los muertos que ofuscados reniegan del olvido, suyo es el recuerdo, mía la palabra para conjurar la derrota que profana la delgadez del tiempo,
sí, recuerda el alma y reconoce el sitio que alguna vez le arrebataron —saber quién soy, saber de donde vengo—, me lo dicen sus voces al oído y giro la mirada en este instante, para no dejarme vencer por el perdón ni el extravío, para gritar aquí, con las palabras justas, cual es el destino de mis versos.

Me he sentado al borde del camino, a la hora del rezo y de las ánimas, tan sólo por detenerme en un momento y contemplar la distancia y el sendero, mas la inocencia es imposible cuando nos hiere el abrazo de los años, cuando volvemos de pronto hacia el principio, cuando somos, de nuevo y de repente, lo mismo que ayer fuimos, lo que hemos sido siempre: tierra y recuerdo, memoria y flor de jara.